Sunday, August 22, 2010

Síndrome del mes de agosto



Pese a mi resolución de ser más consecuente con él, hace más de dos semanas que no actualizo este cajón y eso se lo debo indefectiblemente al síndrome del mes de agosto. Siempre me ha parecido que agosto es un mes extraño, una especie de limbo en el calendario, que está puesto allí especialmente para desordenar las rutinas, quebrantarlas un rato y así poder retomarlas con más ánimos en septiembre.
Recuerdo cuando, hace un montonón de tiempo, mi mamá y yo llegamos a Italia. Yo contaba con escasos 7 añitos (la edad actual de mi S.); lo único que sabía de ese país es que quedaba muy lejos y que era la cuna de la pizza y de la pasta, y de su idioma, apenas algunas sonoras palabritas sueltas. Mi mamá había aprendido frases típicas de turista y ya. Nuestros únicos conocidos eran los padres de una amiga de mi mamá, que vivían en un pueblito remoto, a quienes visitaríamos para que nos indicaran (en un español accidentado y salpicado de gestos), cuestiones básicas de ésta, la que a partir de ahora y mientras duraran los estudios de postgrado de mi mamá, sería nuestra nueva casa.
Era otra época, obvio. El mundo no se había encogido aún, las cosas no se hallaban a la vuelta de un clic o de pulsar el botón de “enter”. No existían los celulares, ni el email, ni google, ni wikipedia, ni mapquest, ni skype, ni traductores electrónicos, y las llamadas internacionales eran un lujo que no nos podíamos dar. Llevábamos una carta y un par de maletas llenas de temores y expectativas. Así llegamos a Vignola en pleno verano, sin pensar que nos encontraríamos con un pueblo fantasma.
Esa fue mi primera experiencia (y sin duda, la más gráfica) con este mes lunático y desbordado. Corría el mes de agosto, y nuestro primer aprendizaje forzado en esa estadía de 3 años fue que durante sus treinta y un días, el país se paraliza. Así, sin medias tintas. Los comercios de todos los niveles, las agencias, las oficinas,  los establecimientos más o menos necesarios, guindan en sus puertas los letreritos de "Chiuso per Ferie" y desde el dueño hasta el empleado más humilde agarran sus macundales y se van "al mare", dándole vida a otras ciudades que en cambio parecen sumergirse en un soporífico letargo los 11 meses restantes del año.
A nuestra llegada, Vignola era el pueblo desolado por el azote de los bandoleros en las películas de vaqueros de antaño. Era como si alguien hubiese apretado algún botón de pausa al que sólo mi mamá y yo éramos inmunes, caminando por aquellas calles íngrimas y desconocidas. Con suerte conseguimos un pequeño hotel en la cercanía donde alojarnos y esperar dos semanas a que el resto del pueblo saliera de su estado de suspensión para comenzar nuestra vida en tierras italianas, en septiembre, claro (admiro la entereza de ánimo de mi mamá que supo mantener la calma y no transmitirle ni reforzarle, a la niñita que yo era, el sentimiento de desolación y de no-bienvenida que perfectamente hubiera podido aflorar en esas condiciones).
Luego, durante mi vida de estudiante, experimenté las bondades del mes agosto, el mes -entero- que teníamos de vacaciones (las clases terminaban a mediados de julio y empezaban en septiembre). Entonces agosto era la cima de una montaña a la que se tardaba todo un año en llegar. Agosto era EL mes. El mes del descanso, de las vacaciones, de los proyectos puestos en suspenso durante el año, de la diversión. De la liberación de la responsabilidad y la rutina. De acostarse y despertarse tarde, de no usar uniforme, de comer cuando provocara, de las idas al club, las escapadas a la playa. De los viajes, si había suerte, aunque no hacía falta irse muy lejos para encontrarse que inventar.
En mi vida universitaria fue exactamente igual. Estudié en una universidad considerada popularmente como un "colegio grande", donde el año iba de octubre a julio; septiembre era para las inscripciones, reparaciones o diferidos, y agosto era el mes de descanso académico. En mi caso, agosto era el mes de volver a la casa de mis padres a que me consintieran por los 11 meses de haber estado lejos, el mes de las rumbas con los amigos de la infancia y de los viajes tan esperados y planificados el resto del año.
Similar a la tradición veraniega europea, durante mis primeros años de graduada en mi país trabajé como profesora y por tanto también tuve la suerte de poder disfrutar de las bondades del año escolar de 10 meses que deja a agosto como la porción más apetecible del pastel anual. Para ese entonces, éste era para mí el mes de no planificar, no corregir, no lidiar con padres cuestionadores y no estar en contacto con la tiza, que tanto daño le hacía a mis cuerdas vocales.
Todo ese panorama cambió radicalmente cuando nos mudamos a USA. País del trabajo incansable donde -sin exageración- el ritmo de producción se detiene –o disminuye- únicamente 3 días al año, agosto pasó a ser un mes más, perdió su encanto.
Hasta que llegó S. Con ella en el colegio, hemos vuelto a caer en este síndrome sabrosito del mes de agosto, con su natural desgano, su falta de estructura y su implícito “laissez faire”.
Si bien el trabajo no para, el Chino y yo acordamos tomarnos unos días -poquitos, eso sí...- para ir los 3 a algún destino más o menos lejano (según las circunstancias y el presupuesto permitan) y compartir en familia y fuera de casa unos días de descanso hacia mediados de agosto, fecha en la que normalmente S. ya ha terminado el campamento de verano. Este año elegimos Marco Island, una isla hermosísima situada en el suroeste de la Florida, un verdadero paraíso para las mentes y los cuerpos necesitados de una pausa.
De cálidas aguas color esmeralda, arena blanca poblada de millares de caracolitos en erosión y atardeceres como para quitar el aliento, la elección no pudo ser más acertada. Para mayor felicidad, logramos encontrarnos allí con mis primos J. y A., cada uno de ellos con sus respectivas familias. Delicioso reencuentro de afectos desperdigados en la distancia, una verdadera carcajada para el espíritu.
Acostumbrados al ritmo de 4 trabajos (2 el Chino, 2 yo), colegio, tareas, ballet, horarios, compromisos, correderas, y quién sabe cuántos “etcétera”, dedicamos esos 6 días al "dolce far niente". Largas caminatas por la playa, excursiones en busca de los caracoles más hermosos o extraños, salto de olas, parasailing (¡!) o simplemente sentarnos a disfrutar del espectáculo sin igual de aquellos atardeceres, fueron las actividades que llenaron esos días inolvidables (aquí algunas fotos).
Después de ese relax total, vino la corredera del regreso a clases. A sólo horas de segundo grado, son muchos los pendientes, la adrenalina está a millón y hay que empezar a desterrar los hábitos veraniegos (a diferencia de sus padres, mi hija no es un "morning person", pero eso es harina de otro costal). Por eso decidí hoy sacudirme este síndrome del mes de agosto unos días antes de que culmine el mes y salir del letargo postvacacional. Pero lo hago agradecida. Agosto era necesario, ha sido reponedor, pero es hora de reemprender la rutina que, ¿por qué no?, también tiene su encanto.

7 comments:

giozi said...

No sabía que habías vivido en Italia. Uno saca tantas experiencias y aprende tanto viviendo en diferentes países.
Sí, la vida en USA es una locura, aunque yo sólo viví ahí 6 meses, y en Miami, que es más latinoamérica que USA.
WOW dos trabajos cada uno, y te das tiempo para tantas cosas.
Me encanta conocerte "un poco más"
Prácticamente ya se fue Agosto y se vuelve a la rutina, pero con una sonrisa.
Un abrazote.

Anonymous said...

Ya entiendo por que los restaurantes italianos en Calgary cierran en agosto. Los duennos se van al mare! (y ahi estan mis nn para que sepas quien soy si olvido firmar).
Estoy de vacaciones, fuimos a SF, y luego manejamos por toda la costa norte de California. Ahora estamos en Oregon compartiendo con familia. Ha sido un trajin, pero rico!
Por un buen mes de agosto, y un feliz comienzo a clases!

Rosa said...

Uff, la vida allí me parece agotadora, 2 trabajos cada uno! Me muero, te admiro por sacar tiempo además para tu hija, el blog, las fotos, yoga hacías también? Será para relajarte, normal! Un besazo y buena vuelta a la realidad, a mí me quedan un par de semanas, qué gusto!

Vane said...

Qué post más completo, hablando de tu infancia, de Italia, de los veranos de tu época de colegiala, universitaria, maestra... así sabemos algo más de ti!

Fíjate que cuando he leído lo de las vacaciones me extrañaba no ver ninguna foto en el post. Menos mal que al final has puesto el enlace porque sabía que iban a ser unas imágenes preciosas. Me alegro de que hayáis disfrutado tanto!

besotes!

Vane G. said...

Gracias, chicas, por visitar! Pues sí, la experiencia en Italia fue increíble, ahora quiero volver de adulta y con mi familia, algún día...

MC: Vivan tus "nn"!!!! Qué rico que fuiste a SF! Qué te pareció? No es mágica? El email se hace necesario para los cuentos!!! (Por cierto, te dije que desde tu recomendación somos las fanáticas número uno de Mo Willems en la Florida?)

Rosa: Sí, yoga también.... pues mira, a veces es cuesta arriba, pero así es la vida aquí, como dicen en mi país "o corres o te encaramas" que es como decir, te terminas adaptando, así sea a la fuerza.... Pero por eso estos descansitos, aunque sean breves, son necesarios!!!

Besos a todas :)

De tiendas said...

Qué bien escribes, siempre te lo digo, pero...
Yo sigo sintiendo el mes de agosto así, aunque ya no es como antes que se paralizaba el país.Siempre que en el trabajo me dejan, cojo las vacaciones en este mes, aunque es más caro, las posibilidades de coincidir con todos es mayor, todos los amigos y la familia están desperdigados por el país y en agosto volvemos todos al pueblo.

Y de Italia, pues que me encanta que allí fui de viaje de novios (Costa Amalfitana) y no viajo mucho pero en Italia he estado 3 veces y espero repetir.

Las fotos son maravillosas.

Besines y feliz septimbre

Keyla said...

Leyendo esto me fue imposible no recordar la aventura del cumpleaños que celebramos en agosto, cuando por lo menos yo descubri lo que significa "dulce far nente" :D besos