Sunday, January 30, 2011

So long, Asheville



1. Winter lake, 2. Winter shelter, 3. Antiques, 4. To the top, 5. Winter solitude, 6. Frozen break, 7. Biltmore Estate, 8. Let the views bright your soul, 9. Let it shine, 10. Anticipation, 11. Frozen Lake, 12. Scratching the blue, 13. By the shore, 14. Bells, 15. IMG_3675, 16. IMG_3579ed

Esperábamos el viaje a North Carolina con expectación. Anticipábamos sensaciones y paisajes desconocidos y, como siempre, anhelábamos la posibilidad de pasar unos días sólo para nosotros, sin responsabilidades de ningún tipo, dedicados exclusivamente a estar juntos y a pasarla bien. Nos quedamos cortos.
La aventura empezaba desde el aeropuerto. Si bien viajar en carro de Florida a las Carolinas es lo más usual, optamos por el avión, ya que S. no recordaba haberse montado nunca en uno (era muy pequeña cuando viajamos en avión la última vez) y literalmente soñaba con hacerlo.
Lo vivió tal y como lo esperábamos: una emoción desbordada, el puesto de la ventanilla reservado y muchas maripositas en el estómago al momento de despegar y aterrizar. Le impresionó saberse tan encima de las nubes y se desencantó al darse cuenta que realmente no existen esas líneas que en el mapa separan los estados, aunque al asomarse a su ventana pudiera afirmar con la propiedad de un experto: "We must be over Georgia, now" o "This must be South Carolina, mami", o "no, actually, we are in North Carolina now".
Asheville nos recibió con un ligero manto blanco de nieve caída recientemente. Admito que no sé si en realidad el frío era tan intenso como lo sentíamos nosotros, recién llegados de Florida, que sólo unos días antes habíamos recorrido South Beach en pantaloncitos cortos y sandalias. He escuchado a gente decir que la sensación térmica es un estado mental. Pues debe ser que nuestras mentes estaban congeladas porque aún y bajo todas las capas de ropa, abrigos y accesorios, hacía frío, y mucho. Pero era parte de la experiencia y hasta eso lo disfrutamos.
Agradecí llenar mis ojos con la imagen de esas montañas, gigantes abrazados, tendidos en cadena interminable y vestidos de un blanco níveo y acolchado. Recordé lo hermoso que es enmarcar los paisajes con montañas, esa sensación de sentirte acogido por una naturaleza que te abraza. Porque aun a pesar de su clima y sus hermosas playas, una de las cosas que menos disfruto del centro y sur de Florida es su llanura. La vista se te pierde en la lejanía sin elevaciones topográficas, y las pocas colinas que se vislumbran han sido creadas por el hombre con propósitos de reciclaje (en pocas palabras, las nuestras son montañas de basura).
Nevó para nosotros una mañana, cuando subíamos a la montaña donde luego intentaríamos esquiar. Detuvimos el carro para bajarnos y experimentar esa cosquilla extraña de lo ansiado y desconocido, materializado en unos copos minúsculos y resplandecientes, que lucían tal y como aparecen en los dibujos de los niños. Hermoso.
Llegamos a la montaña dispuestos a intentar aprender algo nuevo, pero sobretodo, a disfrutar el proceso. Esquiar me resultó mucho más difícil de lo que jamás hubiera imaginado. Me sentía vulnerable y fuera de control. Me la pasé en el piso, pero me reí mucho. Algún día lo intentaré de nuevo, así sea para reírme un poco más de mí misma.
S. demostró en cambio un talento innato (y definitivamente no genético) sobre la nieve. Una vez más comprobé la maravillosa facilidad que tienen los niños para aprender cosas nuevas, frente a las dificultades que el sobreanálisis y los miedos imponen a los adultos. S. se montó en esos esquíes como si viviera en Canadá y fuera a esquiar todos los fines de semana. Le encantó.
Disfruté ver a S. con su camarita automática, tomando fotos por doquier para luego mostrarlas a su salón en una exposición voluntaria, espontánea y detallada (con detalles que nunca pensamos que recordaría) que nos dejó maravillados. Los dos días de clases perdidos se intercambiaron por toneladas de aprendizaje de vida, de ese que se adquiere saliendo de la comodidad de las cuatro paredes a explorar mundo, a comprobar que lo diferente muchas veces lo es por desconocido y por ignorado, y que ningún libro de texto supera la enseñanza de lo vivido en carne propia.
Recorrimos las calles de Asheville para encontrarnos asombrados con una ciudad increíble, donde la típica hospitalidad sureña se mezcla con un nivel cultural elevado y un orgullo local admirable. Recorrimos calles pintorescas, pululantes de negocios excéntricos y tablas de sabores atrevidos. Prometimos volver, quizás en otra estación del año, a descubrir el resto de su colorido. Hasta entonces, Asheville.

4 comments:

mc said...

Vane, que vacaciones tan ricas! Yo creo que a veces vale la pena sacar a los chicos del colegio por unos dias y mostrarles cosas que normalmente no verian.
Que linda S y su emocion en el avion! Es una de esas cosas que uno disfruta tanto de ninno y luego uno crece y termina odiando los aviones y los aeropuertos :(
Bienvenida a la blogosfera~

Rosa said...

Siempre he creido que la mejor educacuión y cultura que se puede dejar a un hijo es viajar..puede que un día vengáis a España?! Muack, me alegra mucho leerte tan bien

bymargarita said...

A España y a México Vane, me encanto tu historia. Besitos a S. y a ti, muak.

bymargarita said...

En una de esas te nos quedas a vivir en Asheville jeje