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Wednesday, November 2, 2011

Wet Trick or Treat - O un Octubre pasado por agua

Me voy derechito al rincón de castigo. Después de una año y medio de participación ininterrumpida en el proyecto "La Vuelta al Mundo", este mes, por primera vez, no aporté ni una sola foto al grupo. Me pasé de vaga. Y no porque el tema no fuera de mi agrado. Todo lo contrario. Con lo fotogénicas que son las bicicletas y yo no subo ni una. En mi defensa, les cuento que el área donde vivo no es la más "bike friendly" de la Florida (sin embargo sé muy bien donde podía encontrarlas), y que por estos lares ha llovido más en el último mes de lo que había llovido todo el año. La cosa es que octubre se me enredó entre mil cosas y no pude salir a cumplir con mi compromiso mensual con Jackie. Vaga de mí. Ahora, si quieren dar una vuelta en las bicicletas de mis compañeros, cumplidos y responsables ellos, no dejen de visitar el blog de Jackie (hay quien incluso, para hacerme quedar peor, se propuso tomar y subir una foto de una bicicleta por día durante todo el mes de octubre).

Después de estos minutos de autoregaño y auto castigo, les cuento de octubre.
Como les mencionaba, el otoño ha llegado tormentoso a la Florida. En 10 años viviendo aquí, creo que nunca había visto llover tanto y tan seguido. ¿Se recuerdan de los días de lluvia ininterrumpida en Macondo? Pues era cuento de niños al lado de esto. Si García Márquez hubiera pasado estos días por aquí, hubiera pensado que el realismo mágico vino a instalarse al sur de la Florida. Inverosímil.
Y ojo, no me quejo. Me encanta ver llover. Entiendo que la lluvia es parte del ciclo de la naturaleza y la agradezco de corazón, pero todo tiene un límite. Por estos días le di más uso que el que habían tenido en todo un año a mis botas de lluvia, que se convirtieron en mis amigas inseparables y me salvaron de la inenarrable y aberrante situación de andar por el mundo con las medias y los zapatos mojados (¿hay algo peor que eso?).
Pero a pesar del clima, octubre fue un mes especial. Celebramos los 40 de mi Chino (40!!!), el aniversario de mis padres en Disney, disfrutamos de una espectáculo hermosísimo del Circo del Sol, compartimos entre amigos, adoptamos una perrita nueva (sí, estamos locos, lo sé...) y hasta tuvimos chance de disfrutar de un intensísimo fin de semana de Halloween repleto de manualidades, decoraciones y diversión.
S. se disfrazó de Hermoine de Harry Potter, sin duda uno de sus personajes preferidos de la vida y a quien se parece un poco en la realidad. Salió, como todos los años, a pedir caramelos con Pelusa, pero esta vez las acompañó también la cachorrita nueva, que era la más emocionada de las tres (aunque no consiguió que nadie compartiera nada comestible con ella). Fue un fin de semana agotador pero lindo. Me encantan esos.
Noviembre también promete. Promete en abrazos, en reencuentros dichosos con gente muy querida, en risas, en momentos cálidos alrededor de la mesa familiar. Ya les contaré cómo va.
Por ahora, para quienes no la conozcan, les presento a Jessie Lee, la nueva integrante de la familia.


Y aquí un paseo rápido por nuestro Halloween.


Feliz y dichoso Noviembre para ti!

Wednesday, June 29, 2011

Junio feliz


Junio ha sido intenso, física y emocionalmente hablando. S. se decidió a crecer de un sopetón y yo voy digiriéndolo poco a poco.
Se adueñó del escenario en el show de fin de año de la academia de baile, transfigurándose en diferentes personajes según el género que estuviera bailando, sin mostrar miedo o ansiedad.
Pese a pasearse por estilos más clásicos, no cabe duda que lo suyo es el hip hop, que le sale con una naturalidad y una actitud que no sé de quién habrá heredado. Pero el momento más emotivo fue sin duda verla bailar con el Chino, quien se sobrepuso a toda una vida de considerarse un mal bailarín para disfrutar de un momento único de camaradería y compenetración con su hija. Un recuerdo para tener dobladito en la mesita de noche y sacarlo con cuidado para calentar el espíritu en días más fríos.
Luego vino el octavo cumpleaños, una nueva reafirmación de todo lo que ha crecido. Decidió que no habría fiesta, sino que deseaba pasar el día con nosotros y dos amigas en Islands of Adventures, uno de los parques temáticos de Orlando. Con pijamada incluida, mucho canto, muchos juegos, mucha risa y toneladas de diversión, creo que fue la mejor decisión que hubiera podido tomar.
Así, el verano ha arrancado intenso y feliz. Saboreo el día a día y agradezco la bendición de esa pequeña artista que va creciendo a un ritmo inusitado en la habitación de al lado. Porque a su lado, cada día es una caja de maravillosas sorpresas!

 S. sus BFFs y su madrina-tía en Island of Adventures (clic en la foto para ver en grande)

Sunday, March 20, 2011

Palabra de girl scout



La verdad nunca fui girl scout. La tradición de las niñas exploradoras, de chalequito marrón sobrepoblado de insignias y las galletas de puerta en puerta, era algo muy lejano, que en mi espectro infantil, solo pertenecía al cine o a la televisión. Hasta el año pasado.
Iba al banco con S., y en la entrada, una extrovertida niña de unos 5 o 6 años con su uniforme de scout nos ofreció las consabidas galletas (que por cierto, son riquísimas y toda una tradición en la cultura norteamericana). Me puse a hablar con la madre de la criaturita, que supervisaba, sentada detrás de una mesa improvisada, las transacciones comerciales de su recién estrenada vendedora. Y, como una aparición, vi en mi mente a S. allí. Nunca se nos había ocurrido, pero la verdad era que lo "scout" iba perfectamente con el espíritu ambientalista, la personalidad sociable y el amor por los animales de nuestra hija.
Un año después, era yo la mamá que, sentada detrás de la mesa improvisada, supervisaba las transacciones comerciales de su pequeña exploradora. Pero era una mamá diferente a aquélla del banco, y mucho de ello se lo debía a las girl scouts.
Ser "scout" no tiene sólo que ver con vender galletas, aprender a hacer nudos o poner en práctica técnicas de campamento. Parece que ser scout es más bien un estilo de vida. Un estilo donde la solidaridad, el trabajo en equipo y el respeto por la naturaleza dictan la norma. Pero también un estilo de vida que refuerza la seguridad en sí mismas y la independencia de las niñas. Eso es a mí a quien más le ha costado aprenderlo. Les cuento.

El mes pasado empezó la temporada de camping. Como éramos varias las "mamás primerizas" en estas lides, la líder de la tropa nos permitió asistir a esa primera experiencia. Para mí, fue como la ceremonia –enorgullecedora y dolorosa por partes iguales– de graduación de "mamá scout". Pero esa advertencia no viene escrita en ninguna parte.
Llegamos al Camp N. en una inusualmente fría mañana de sábado. Allí nos encontramos con el resto de la tropa, que había llegado la noche anterior. Sin anestesia, apenas me bajé del carro recibí mi primera y más importante instrucción del fin de semana: estaba ahí en calidad de observadora, así que no podía hacer NADA por mi hija. Eso, mientras veía a S. cargar con maleta, saco de dormir, almohada, y bolsitas varias por un descampado en medio del bosque, me cayó como un primer balde de agua fría. Respiré hondo y en vez de salir corriendo a ayudarla, caminé hacia otra dirección y decidí afrontar estoica el aprendizaje que se me avecinaba.
Pese al frío de ese fin de semana, las actividades al aire libre no se hicieron esperar. Largos recorridos por pequeños senderos a través del bosque pantanoso, nos sirvieron para asegurarnos a las mamás que no existían mayores peligros. También nos sirvieron para practicar el laissez faire, desenchufando nuestros oídos de cualquier queja por hambre, sed, frío, calor, ganas de ir al baño, dolor de piernas o afines que hubieran podido surgir (y, adivinen qué, ¡NO SURGIERON!). 
Por otro lado, la oportunidad de colaborar con la elaboración de la comida nos demostró que, contra todo pronóstico y a pesar de lo rural de las condiciones, era bastante decente (hasta con visos de balanceada, debo decir).
Pero la prueba de fuego vino en la noche. Ya se imaginarán que, aun a pesar de los deseos y temores de nuestro grupito de "mamás mironas", las niñas durmieron en una cabaña diferente a la de las mamás. Solas. En el medio de un bosque. ¿Dije solas?
Déjenme aclarar el panorama geográfico en este punto. El campamento está construido en forma de semicírculo. Seis cabañas-dormitorio forman una media luna, y la curva se cierra por una gran cabaña social donde se guarda la comida y se come o se juega en caso de lluvia. En el centro del semicírculo está la cabaña con los baños. Y alrededor, bosque (al estilo floridano, no de pinos, sino más bien "pantanoso tropical").
Para qué se los voy a negar. Yo estaba aterrada. Un millón de ideas absurdas me cruzaban por la mente, peligros insólitos que iban desde animales salvajes, gigantes insectos prehistóricos, secuestros, enfermedades de cualquier índole y qué sé yo qué más.
Entrada la madrugada, unas vocecitas cruzando el escampado quebraron mi sueño, o mejor dicho, ese duermevela de cristal de quien hace guardia. Sin pensarlo, me paré de un salto de mi cama (catre, más bien) y me calcé los zapatos tan pronto como pude. Lista para salir al rescate, una voz tajante desde el lugar de la líder de tropa me detuvo en seco: "Vanessa: They are safe here. If they need something, they'll call. Let her go".
Regañada, volví a mi catre, temblando de frío y de miedo por igual. Las vocecitas se convirtieron en risitas ahogadas. Y siguieron otras. Y otras más. Desde mi posición de castigo, las escuchaba enrollada en mi sleeping bag, el miedo cediendo al alivio, y el alivio logrando arrullarme el sueño.
A la mañana siguiente, los cuentos no se hicieron esperar . Historias de fantasmas, juegos y canciones a la luz de la luna, y ese sentido de libertad que se respira en ambientes rurales. Cuánto había crecido en una sola noche.

Seguí practicando el let her go consciente y apropiado para la prueba final. Dos semanas más tarde vino el camping “sin mamás”. La vi irse en el carro de la líder de tropa, tan grande, tan segura, tan expectante, tan feliz, mientras yo me repetía una y mil veces “todo va a estar bien”.
Confiar y soltar, me dijo una amiga. Let her go, seguía resonando en mi mente. El domingo, regresó feliz,   con un torrente de historias a enseñarnos sus proyectos, sus pequeñas heridas de guerra, a hablarnos de sus nuevas amigas, de las pequeñas riñas internas, a cantarnos sus canciones, a darnos opiniones. Confesó habernos extrañado, pero no lo suficiente para pasarlo mal. “Would you go again?”, pregunté. “Sure, mom! I can´t wait to go back!”. Sonreí. Habiamos superado todas la pruebas de iniciación. Ya éramos scouts. Ambas.

Monday, August 2, 2010

Nanita is home


Tímida y humilde, Nanita llegó sin hacer mucho ruido cuando S. rondaba los 3 años. Regalo de la abuela, su estampa era bastante común y por ello no pudimos prever el importante papel que jugaría en la infancia de nuestra hija y por ende, en nuestras propias vidas.
Tal vez por su tamaño o quizás por su  expresión triste y tierna a la vez, rápidamente pasó a formar parte de nuestro grupo familiar. S. la adoptó y simplemente no podía salir a ninguna parte sin ella. Nanita nos ha acompañado a fiestas, restaurantes, viajes, paseos. Durante todo el primer año de preescolar, Nanita fue diariamente al colegio, y si bien tenía prohibido salir del morral, su sola presencia confortaba a S. (quien más de una vez se hacía que había olvidado algo en el bolso para chequear que estuviera ahí y ofrecerle alguna palabra tierna). Nanita es perrita, alumna, hija, princesa o mendiga, pelotica o misil. El peluche más versátil de su género. En la imaginación de S., tiene una voz chillona y un carácter empecinado y ocurrente.
A Nanita hemos tenido que rescatarla unas cuantas veces. Se ha quedado en tiendas, en restaurantes y en casas a las que hemos ido de visita. Ha tenido que viajar en sobre manila por correo especial para llegar rápido de vuelta a las manos de su dueña. Hemos tenido que burlar guardias de seguridad para acceder a sitios ya cerrados y poder recuperarla.
Nanita ha recibido los embates del tiempo y ha experimentado en su propia piel de felpa todas y cada una de las enfermedades de S. La primera vez que la metí a lavar en la lavadora, S. me pidió que la subiera a la secadora y desde allí vigiló con angustia el ciclo entero de lavado hasta que la vio salir sana y salva. La segunda vez, Nanita perdió en el proceso un pedacito de ojo, razón por la cual anduvo durante varios meses cual pirata con una bandita cubriéndole el ojito lesionado. También por el mismo motivo me ha sido prohibido volverla a lavar (yo lo he hecho, a escondidadas, pero teniendo sumo cuidado de meterla dentro de una media para evitar nuevos daños).
Aparece en innumerables dibujos y fotos familiares, y en cada oración de agradecimiento no deja de haber una mención a su nombre. Su fama se ha popularizado tanto, que R., la mejor amiga de S., compró una idéntica y la bautizó con el mismo nombre. Precisamente por esos días, y como medida de precaución ante tantos conatos de pérdida, mi mamá le compró a S. otra igual, "porsia". Siendo idénticas, no era lo mismo, de hecho en un principio hasta era posible percibir un poco de rechazo por la "impostora". Hoy en día, la Nanita más nueva es quien sale de la casa mientras la viejita permanece siempre en la cama de S. Las llama "the Nanita sisters, the original and the clean one". Pero en realidad son una sola. La original es la que importa, ésa es la portadora de las memorias y la conciliadora de sueños.
Un dia le pregunté a S. por qué, entre tantos peluches y muñecos, éste era tan especial. "Nanita is family and home", fue la respuesta. Ni más ni menos. Y es que tal vez la razón vital de la existencia de Nanita en nuestras vidas era estar ahí el dia del accidente. En medio de lo caótico de la situación, cada cual siendo atendido en cuartos separados, recibirla  y tenerla en sus brazos fue para S. el alivio que ningún médico o droga hubieran podido brindar (por siempre, Gracias, Yare!). Para nosotros mismos ese momento nos presentó una nueva dimensión de Nanita. Entre las frías paredes de aquel hospital, asustada, solita y rodeada de rostros extraños, Nanita era para S. seguridad y confianza, éramos el Chino y yo, por ahí, en algún cuarto contiguo. Nanita era la rutina, el hogar, el afecto, todo aquello que no permuta aun en situaciones de estrés. A partir de ese día empezamos a escuchar su voz sin que S. la hiciera hablar.
Con los el paso del tiempo la ha empezado a necesitar menos. Eso me alegra y me da nostalgia al mismo tiempo. Cada vez más independiente, más segura y más extrovertida, ya no la lleva a todas partes como antes. Pero Nanita está siempre ahí, vigilándola desde el carro, esperándola en el cuarto, cual un Woody de peluche, siempre paciente, siempre tolerante y siempre dispuesta a recordarle que el afecto no permuta ni abandona, y que el hogar está donde lo desee el corazón.

Monday, July 12, 2010

Lo que hace falta para una pijamada perfecta

Lo que no puede faltar en una buena pijamada (y que no faltó en casa el pasado fin de semana):

- Almohadas
- Chocolate caliente (con 7 marshmallows, por los 7 años de cada participante)
- Cobija mediana
- Pijamas
- Nanita (imprescindible)
- Snacks varios
- Pizza rolls como menú principal
- Pelicula de misterios de Scooby doo
- Libros para colorear
- Juegos
- Globos
- Libros de misterio
- Buenas amigas

El resultado: un rato inolvidable!!!

Monday, July 5, 2010

Septenio

(Este post corresponde al 25 de junio, día del cumpleaños de mi adorada S.)

Llegaste ataviada de encantos y vestida de magia, y, como equipaje, trajiste sólo un baúl de sonrisas hechas a la medida. Tu mirada se nos enganchó en el alma, en forma de reflector de luz y calor. Cuando tus manitas asieron las nuestras, trazaron surcos de destino en nuestra voluntad y cercos de motivación en nuestro pensamiento. Aun felices y expectantes, nunca anticipamos que el futuro a tu lado sería como ha sido. Perfecto.

Han pasado siete años. Siete años de color, ritmo, alegría, baile, luz, descubrimientos, amor, satisfacciones, logros grandes y pequeños. Cada día es una aventura, cada aventura un aprendizaje y cada aprendizaje una inspiración. Has hecho de este viaje una fiesta interminable, a ratos dulce y delicada, a ratos salpicada con matices de comedia. Hemos crecido y aprendido a ser mejores personas. Junto a ti, por ti.

Tus dientes de leche, tus shows de ballet, tus improvisaciones geniales, tu dulzura e inteligencia, tu mezcla de idiomas, tu ritmo al bailar, tus respuestas asombrosas, tu amor por la familia, tu inclinación artística, tu entrega a la amistad, tu adoración por los animales, son los mejores regalos que podemos recibir cada día. Y tus siete años, esos siete años que sientes que te hacen tan grande, nos ensanchan el pecho de orgullo y nos inyectan sobredosis de amor. Qué cortas se quedan a veces las palabras frente a la emoción. Ante la limitación, sólo puedo decir, Te amamos, hija.

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Sobre el cumpleaños: Esos 7 años vienen llegando desde hace ya un par de meses con una serie de transformaciones que nos tienen -por cuotas iguales- maravillados y perplejos. Llegaron con una nueva visita de la "tooth fairy" y el canal de ventilación que supone (ahora superior y frontal, para darle un nuevo toque decorativo a las fotos familiares...). También llegaron con un súbito y radical cambio de preferencias. "No more pink, no more Disney princesses, no more Noggin, no more baby stuff". El rosado fue sustituido por el aguamarina, mi adorado canal de televisión Noggin (ligero, educativo, balanceado), por Boomerang (comiquitas de mi época, sin grandes enseñanzas, pero al menos no plagadas de antivalores), y las princesas Disney por Sccoby Doo (quién lo diría, no?). También trajeron un incremento en la independencia de criterio y una tendencia vehemente a expresar esa independencia (que muchas veces tenemos que esforzarnos en contener en pro del respeto a los mayores). Llegaron con un cuaderno en blanco, regalo de mi hermana, y un millón de historias y de palabras revoloteando en su cabecita como inquietas abejas. Menudos 7 años.

Los celebramos en el cine, de la mano de Woody y Buzz de Toy Story 3 y otros 10 amiguitos del colegio. Le pusimos sabor a pizza de queso y luego a torta marmoleada. Lo continuamos celebrando pasados por agua, en su lugar favorito de la vida, la piscina de la casa de los abuelos. En total fueron 3 días de celebración que a mí me dejaron extenuada y a ella, total y completamente feliz.

Friday, July 2, 2010

Lección de desencanto

Hoy fue uno de esos días en la vida de S. que quedan marcados, aunque en apariencia su cabecita lo olvide. Yo no creo poder olvidarlo. Hoy la vida le dio a mi hija su primera, dura e inevitable, lección de desencanto.

En su campamento de verano entregaron algunos reconocimientos. S. fue nombrada con el máximo galardón de "camper of the week" y el título vino acompañado con la posibilidad de escoger el snack que ella quisiera de la cantina y además, un helado. S. escogió un tubito de M&Ms y lo guardó en el morral para disfrutar de su helado.

Cuando la fui a buscar, me enseñó orgullosa su diploma. Mientras caminábamos, anticipaba el momento de disfrutar su snack. Ya en el carro, vació todo el morral hasta encontrarse con una desagradable sorpresa: su supuesta mejor amiguita del campamento, le había sacado del bolso su tubito sin abrir de M&Ms y lo había intercambiado por uno vacío que había estado comiéndose un rato antes.

Entre asombrada y decepcionada, S. revisaba detenidamente cada una de las cosas de su morral, las sacaba, las guardaba, las volvía a sacar, mientras su carita se oscurecía más y más. "I can´t believe she switched them. I just can´t believe it, mami". Me tocó improvisar una conversación sobre lo que es correcto y lo que no, mientras lo que me provocaba era devolverme a agarrar a la muchachita aquella, guindarla por los pies, hasta que rodara por el piso el consabido tubito.

"Real friends don´t do that, really mami?", fue su pregunta al llegar a la casa. "I guess she is not a real friend", se respondió a sí misma. La vi entrar con la cabecita caída y los ojos tristes, y deseé con todas mis fuerzas que por arte de magia se le borrara ese desencanto. Era la primera vez que se enfrentaba a la malicia y yo no podía hacer nada para protegerla.

Friday, May 21, 2010

Pausa



Entiendo si no me creen, pero hace poco días, arrestaron a una abuelita que manejaba a contravía a 100 mph en una calle cuyo límite eran 45 mph. Cuando el oficial se acercó al vehículo, temiendo que la doñita estuviera padeciendo una dolencia repentina y a punto de llamar a una ambulancia, le preguntó si todo estaba bien, y a qué se debía tanta prisa. La señora respondió impertérrita y hasta un poco molesta, que iba tan rápido y cortando camino para no llegar tarde a su cita en la peluquería.
A las carreras. La vida moderna parece una competencia inacabable por cumplir una agenda, un programa inclemente. Correr de un trabajo a otro, de una actividad a otra, para cumplir un horario estricto. Cronometrar los días, ser fiel a las listas. Programar recordatorios, comer en el carro, maquillarse en la vía. Enterarse del acontecer mundial en 140 caracteres mientras cambia la luz del semáforo. Socializar vía texto mientras se ejercita en la elíptica o mientras se espera en un consultorio médico.  No perderse la novela, llegar a tiempo a la natación. Correr, correr, correr.
Precisamente esta mañana hablaba de eso con la maestra de S. Al principio de la reunión, tercera y última de este primer grado, Miss H. aplaudió ampliamente la capacidad de comprensión lectora, la inclinación artística y el razonamiento lógico-matemático de mi hija, para engrosar mi orgullo materno. Pero luego,  y por primera vez, hubo “peros”. Habló de “rush”, de ir a las carreras. De anticipación e impaciencia. De apresurarse por concluir rápido cada asignación. De desorden, de no querer revisar, de responder preguntas sin terminar de leerlas. De estar demasiado pendiente a lo que viene “luego”.
Nada de eso es novedad, pero claro, pesa más cuando otro te lo dice. Tampoco creo que sea algo grave. Tampoco me voy a morir si S. no tiene una caligrafía de colegio de monjas venezolanas. Pero sí puedo decir que la conversa con Miss H. fue un llamado. El toquecito de un timbre remoto que me llevó a días en que mi vida era una vorágine que me arrastraba. Cuando parecía necesario vivir tachando ítems de una lista interminable, para pasar jadeante de uno a otro, impaciente, ansiosa, perpetuamente cansada. No es así como quiero que crezca mi S.
Para mayor refuerzo, y con la entrevista aún fresca y dándome vueltas en la mente, me topé con este mensaje de Kate Vogt: “Wherever you are, eternal truth is there to speak you through the poetic pauses. And with each pause, you recover a little more understanding of your true Self”. La pausa. Ese espacio ínfimo entre dos puntos. El infinito entre dos renglones que puede darle sentido a un texto completo. El silencio.
Quiero practicar la pausa con S. Entrenar la paciencia (tal vez la abuelita de la cita en la peluquería había olvidado o nunca conocido lo que eran). Quiero que disfrute de la tranquilidad del hacer NADA, en paz con el silencio.  No quiero que viva en una competencia, ni que necesite de millones de voces para acallar vacíos. Eso quizás se traduzca en la letra que desea Miss H., y en trabajos más ordenados, y en preguntas leídas en su totalidad. O quizás no, y estará bien. Igual, me daré por satisfecha.

Thursday, May 6, 2010

Escogidas


Para la madre que yo escogí y la hija que me escogió
 
El día de su llegada conocemos una nueva dimensión del amor. Amor nacido del amor, de raíces atávicas que anclan y proyectan al mismo tiempo.

Nos volvemos partícipes de una comunión ancestral con todas las madres del pasado y del futuro, la que habita en la casa vecina y la que camina descalza por tierras remotas.

Descubrimos que cuando nuestras propias madres decían “lo sabrás cuando tengas hijos”, no se equivocaban: somos antes y después, somos en ellos y por ellos. Nacemos con ellos, como madres, a una vida nueva.

Aprendemos a escucharnos y a escucharlos dentro de nosotros. Podemos leerlos como a libros abiertos; laten en nuestro pecho aun cuando están lejos; nos enseñan el lenguaje del silencio, del instinto y de la supervivencia.

Conquistamos nuestro paso. A veces caminamos más despacio, otras corremos para no quedarnos atrás. Nuestras huellas florecen, tienen forma y sentido: reinventándonos cada día nos hacemos mejores. Haciéndonos mejores cambiamos la cara del mundo en que vivimos.

Nuestros regalos son sonrisas del corazón, un par de manitas entrelazadas a nuestro cuello, una caricia en la frente, un “te amo” sin razón. Nuestros días son todos los días. El de la práctica deportiva, el del show de ballet, el de la batalla ganada a la fiebre, el de la graduación de bachillerato, el de la primera palabra o los primeros pasos.

Felicidades a todas las madres. A la mía, que es bendición, inspiración y ejemplo. A mi abuela, la madre por excelencia de una clan irrepetible. A mis amigas de siempre y las de ahora, las cibernéticas y las de carne y hueso. Las fotógrafas, las lectoras empedernidas, las bloggeras, las “soccer/hockey/beisbol moms”, las fiesteras, las todo-terreno, las de la romana vieja, las multitasking, las habilidosas, las recién estrenadas, las encopetadas, las ejecutivas, las conservacionistas, las histriónicas, las deportistas, las intensas, las polifacéticas. Las futuribles. Las que que son todo eso y mucho más. Felices hijos, pues ésa es nuestra mayor felicidad.

(Foto: CBCNews-Canada)

Tuesday, April 27, 2010

Occam´s razor

Nos acabamos de enfrentar una vez más con las torpezas del sistema médico de este país. Les pido disculpas por adelantado por utilizar este blog como desahogo, pero les prometo una historia con final feliz. 

Debo reconocer que tanto el Chino como yo tenemos nuestras reservas con los médicos de por estos lares. Yo, para más ñapa, vengo de una familia de médicos, de los médicos venezolanos de antes, los de cabecera, los que saben de todo y no escatiman en recetas naturales si el caso lo amerita. Médicos entregados a su profesión por amor que no han entrado en el vil engranaje de las grandes empresas farmacéuticas y para quienes el paciente es mucho más que un número de más de seis dígitos en un archivo de pared.

Como sabrán, los doctores que se ven en las películas y en las series de televisión no son los que te encuentras por acá cuando tienes un ataque de migraña, un accidente de tránsito sin mayor complicación, una gripe o un dolor de oídos. Al menos yo nunca me he encontrado ninguno de esos doctores maravillosos, entregados, preocupados por el paciente, a lo Meredith Grey, Bill Cosby o el bellísimo Dr. Carter. Nunca, en nueve años. Y si bien resulta altamente paradójico, en el país de la ciencia y la tecnología, en la nación puntera en avances y especialización, la medicina general, simple, llanamente y en sus propios términos, "sucks"...

S. se enfermó la samana pasada. Fiebre, vómitos, mucho dolor de estómago, inapetencia, malestar general. El sábado decidimos llevarla a un "Walk-in clinic" (algo muy común por acá, son unos pequeños ambulatorios con médicos generales de guardia para cubrir pequeñas emergencias cuando los especialistas no abren sus consultorios, y sin los inconvenientes de las salas de emergencia de los hospitales) pues, como es bien sabido, la única manera de conseguir una medicina en este país (no las aguitas con azúcar que venden over-the-counter) es con una receta médica.

La atendió una doctora súper joven que en principio y sin ningún examen diagnosticó apendicitis, pero luego cambió de opinión y dijo que lo que tenía era una infección de tracto urinario (ahhh?). No le hizo un chequeo general. Sólo una prueba de orina preliminar de la que notaron presencia de glóbulos blancos. El cultivo tardaría dos días en arrojar resultados más certeros. No era la primera vez que S. recibía ese diagnóstico en los útimos dos años. La doctora me comentó que eran muchas infecciones de ese tipo en un período tan corto de tiempo. Me dijo que era necesario que visitáramos un urólogo infantil pues podía haber algún tipo de malformación en el aparato urinario y que eso podría traer repercusiones mayores en los riñones en un futuro no muy lejano.

El Chino y yo salimos de ahí emocionalmente por el piso, y S. , adolorida por una inyección de antibiótico en su colita. Pasé todo el fin de semana en estado de angustia, investigando por internet y tratando de ubicar urólogos infantiles en mi área. El lunes a primera hora llamé al seguro. Allí empezaron a aparecer los angelitos. Me atendió una paisana simpatiquísima, que me indicó que primero tenía que llevar a S. a su pediatra para que él emitiera un referido para el urólogo. No teníamos pediatra, pues hasta ahora habíamos dado tumbos sin suerte. Me dio un teléfono y me dijo que podía cambiarme después si éste tampoco me convencía.

Ese mismo día nos atendieron en la oficina del Dr.K., un señor judío muy serio que no habla con vocecitas pero que va directo al grano. Nos encantó. Mientras yo no paraba de hablar, contándole los síntomas, mis temores, el diagnóstico del sábado, todas las infecciones previas (haciendo el papel de madre desesperada, pues...), el Dr. K hizo un examen general a S., revisándola escrupulosamente. Al llegar al consabido "abre la boca, saca la lengua, di Ahhh", su expresión cambió. "Esta niña lo que tiene es la garganta inflamada, una amigdalitis, quizás".

Ciertamente S. se había quejado un par de veces de dolor de garganta esos días, pero con las palabras de la otra doctora rondándonos la cabeza, no le hicimos mucho caso. El doctor no quiso darnos ningún diagnóstico, pues prometió primero leer con detenimiento la historia de las supuestas infecciones urinarias previas. Le tomó una muestra para un cultivo de la garganta y prometió tenernos una visión más clara para el día siguiente -hoy-.

A las 9 y media de la mañana estaba hablando con el Dr. K (directamente, no con la enfermera, ni con la secretaria!). Desde el 2008, S. había sido diagnosticada cinco veces con infecciones en el tracto urinario. Sólo una vez el diagnóstico había sido acertado. Los cuatro cultivos restantes habían resultado negativos, pero nosotros nunca habíamos sido informados al respecto. Habíamos completado cuatro semanas de tratamientos de antibióticos que no hacían falta y habíamos pasado unos días de angustia por culpa de profesionales inatentos, ineptos e irresponsables.

Occam´s razor. La solución más simple es con frecuencia la solución correcta. S. tampoco tenía amigdalitis. Algún virus, de esos que tanto abundan en los colegios. El fin de semana de angustias y de tratamiento equivocado al menos valió haber dado con un pediatra de los que para bien se salen del montón. Pero por lo que a nosotros respecta, el clancito de pseudomédicos del Walk-in clinic, no nos vuelve a ver ni la sombra!

Wednesday, March 24, 2010

Tooth Fairy, Be safe!

S. perdió su primer diente de leche a los 5 años. Inmediatamente después, el segundo. Ambos de abajo y el centro, se veía muy cómica con su túnel de ventilación en la sonrisa.
Había pasado más de un año y ni el Ratón Pérez ni la Tooth Fairy habían vuelto a esta casa. Hasta hoy.
Para mi asombro y gracias a un Roll-Up -una cosa horrible que les encanta a los niños, y las madres aborrecemos- mi S. no sólo perdió su tercer diente sin trauma ni dolor, sino que de paso, se lo tragó.
El asunto fue un acontecimiento de grandes proporciones. La niña pasó de la novedad a la emoción, de la emoción a la expectativa y de la expectativa a un poquito de temor: Qué se llevaría el hada esta noche?
Hace algunos meses, su papi le había contado que a él le había pasado eso de niño. Y que el hada había venido igual, sacando el diente de su barriguita dormida. Entendiendo que el mecanismo sería el mismo en este caso, S. decidió escribirle esta nota a la tooth fairy:

(Nota al margen: la indicación de "Be safe" se refiere específicamente al momento del hada entrar por la boca -para lo que S. se esforzó por dormirse con la boca abierta-.Pero le preocupaba sobremanera que se fuera a ahogar en una ola de saliva. Valga la carta de precaución y, de mi parte, buena suerte a la pequeña y mágica voladora estomacal!)