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Thursday, January 6, 2011

Mi Epifanía

La Iglesia Católica celebra el día de hoy una de sus grandes fiestas: La Epifanía (del griego ἐπιφάνεια, manifestación) de Jesús ante los Reyes Magos.
Para muchos países esta fecha marca el fin del asueto navideño. Millones de chicos (y no tan chicos) recibirán el día de hoy sus regalos, recordando a aquellos sabios sirios, convertidos por la hipérbole natural de la tradición oral en "reyes" y en "magos" que llegaron desde muy lejos, guiados por una estrella, a adorar a Jesús recién nacido.
Pero esta tradición se remonta a muchos siglos antes del nacimiento de Jesús. Antiguos pueblos paganos celebraban el solsticio de invierno 13 días después de haberse producido (hacia el 21 de diciembre), en una fiesta que celebraba la victoria del Sol, el triunfo de la luz sobre las tinieblas.
Siglos después, los gnósticos trataron de cristianizar los ritos paganos ancestrales, utlizando el acontecimiento del solsticio como la llegada o el nacimiento de Jesús, la "verdadera" luz salvadora, y la fiesta posterior como el momento de revelación de Jesús al mundo pagano en la figura de los tres Magos.

Como pasa con la mayoría de las tradiciones, nos vamos quedando con lo superficial. Con el regalo finamente envuelto al pie del Nacimiento. Con la linda figura del rey de capa y corona que se postra y ofrece lujosos obsequios.
Despojada de coronas y capas reales, de oro, incienso y mirra, de mito y de leyenda, del rito y la religión, de la manipulación y los intereses, de lo que fue o no verdad. Despojada de todo eso, sólo queda una palabra, "Epifanía". Hermosa y musical. Habla en un lenguaje ancestral de revelación y manifestación. ¿Qué se revela? ¿Qué se manifiesta?
La epifanía no se produce un sólo un día al año, y no le pertenece a un único grupo religioso. Epifanía es sintonía con nuestra propia luz interior, con esa estrella que nos guía, desde adentro hacia afuera. Es ubicarla, pulirla y dejarla que brille. Es mirar con los ojos del corazón para descubrir maravillas en los pesebre más humildes.Es abrir los sentidos para leer el mundo desde lo real y auténtico, y no desde lo aprendido e impuesto. Es entender que no hay entendibles, ni verdades, ni tradiciones férreas.
Sólo hermoso un ir y venir.