Conocí la disfuncionalidad de una relación amor-odio en mi primera década de vida. Resultaba inevitable moverme entre las aguas de lo aprendido durante esos años en los que la comida estaba estrecha y antagónicamente relacionada a las nociones de felicidad y afecto. Por un lado, lo aprendido durante esos primeros años en los que “se me quería tanto” que se me permitía ingerir TODO lo que se me antojase. Y por el otro, lo vivido en aquellos años en los que precisamente “por quererme tanto” se me privaba de mis delicias favoritas.
En general, mi mamá no disfruta del ritual de la comida. Para ella comer no es más que una necesidad, una actividad inherente a todos los seres vivos que no conlleva ningún disfrute per se más que saciar el apetito y recargar energías. Eso no lo heredé de ella. Para mi abuela en cambio, la comida es como las caricias, nunca suficientes cuando de demostrar afecto se trata. Dos fuerzas que me halaban y que determinaron una visión antagónica y conflictuada con el hecho de comer.
Vengo además de un país donde la imagen física está por encima de cualquier cosa. Donde las mujeres no van a la panadería o al supermercado sin un maquillaje digno de una fiesta. La meca de la cirugía plástica, donde las niñas reciben operación de aumento de senos de regalo de quince años; donde cualquier servicio enfocado al cuidado físico y la apariencia tiene casi garantizado el éxito. El país de la industria del señor Osmel Souza, que ha batido todos los récords de coronas en certámenes de belleza internacionales. El valle de la silicona latinoamericano, donde ser feíta o ser gordita, prácticamente constituye el octavo pecado capital.
Regresar a mi país después de haber enterrado en Italia la ignominia de mis kilos de sobrepeso, era casi una necesidad vital. Y lo hice. Llegué a la adolescencia sin ser ni gorda ni flaca. Comía más o menos sano, con las excepciones naturales que se pueden esperar en cualquier niño, y practicaba un deporte. El ojo siempre alerta e hipercrítico de mi mamá vigilaba de cerca cualquier mínimo cambio en mis cachetes y papada (que son sin duda el primer termómetro de mi peso), y, de ser necesario, tomaba medidas determinantes para evitar cualquier “escalamiento”.
Cumplidos los 17 años, yo era la adolescente que mi país esperaba que fuera. Flaquísima, esclava del gimnasio y sintiéndome siempre con algunos –o muchos– kilos de más (para quienes en este punto se pregunten, déjenme aclararles que si bien distorsionada, afortunadamente esta visión nunca pasó a convertirse en un problema mayor). Disfrutaba comer (siempre lo he hecho). Mis comidas eran emocionales muchas veces, desordenadas casi todas, alimenticias muy poco. Pero había descubierto que contaba con dos puntos a mi favor. Mi altura, que siempre ha disimulado pequeños excesos, y mi metabolismo adolescente, capaz de aniquilar las calorías sobrantes en pocas visitas al gimnasio.
Comía con remordimiento anticipado. La noción de alimentación saludable o consciente era inexistente. Comía lo que me gustaba, me provocaba y tenía a mano, tal vez porque a los 17 años la idea de ser saludable es inherente a la idea de ser joven. Pero la comida era un placer que, después de satisfecho, dejaba un sabor agridulce en la boca. El agridulce sabor de la culpa, que sólo se expiaba con una sesión intensa de ejercicio cardiovascular, para así devolver la cuenta a cero y empezar de nuevo el infinito ciclo de placer, culpa y expiación.
Pero el salir de la adolescencia traería unos cuantos cambios a esta ecuación. Muy pronto habría de descubrirlo.
(Continuará…)











