Sunday, March 20, 2011

Palabra de girl scout



La verdad nunca fui girl scout. La tradición de las niñas exploradoras, de chalequito marrón sobrepoblado de insignias y las galletas de puerta en puerta, era algo muy lejano, que en mi espectro infantil, solo pertenecía al cine o a la televisión. Hasta el año pasado.
Iba al banco con S., y en la entrada, una extrovertida niña de unos 5 o 6 años con su uniforme de scout nos ofreció las consabidas galletas (que por cierto, son riquísimas y toda una tradición en la cultura norteamericana). Me puse a hablar con la madre de la criaturita, que supervisaba, sentada detrás de una mesa improvisada, las transacciones comerciales de su recién estrenada vendedora. Y, como una aparición, vi en mi mente a S. allí. Nunca se nos había ocurrido, pero la verdad era que lo "scout" iba perfectamente con el espíritu ambientalista, la personalidad sociable y el amor por los animales de nuestra hija.
Un año después, era yo la mamá que, sentada detrás de la mesa improvisada, supervisaba las transacciones comerciales de su pequeña exploradora. Pero era una mamá diferente a aquélla del banco, y mucho de ello se lo debía a las girl scouts.
Ser "scout" no tiene sólo que ver con vender galletas, aprender a hacer nudos o poner en práctica técnicas de campamento. Parece que ser scout es más bien un estilo de vida. Un estilo donde la solidaridad, el trabajo en equipo y el respeto por la naturaleza dictan la norma. Pero también un estilo de vida que refuerza la seguridad en sí mismas y la independencia de las niñas. Eso es a mí a quien más le ha costado aprenderlo. Les cuento.

El mes pasado empezó la temporada de camping. Como éramos varias las "mamás primerizas" en estas lides, la líder de la tropa nos permitió asistir a esa primera experiencia. Para mí, fue como la ceremonia –enorgullecedora y dolorosa por partes iguales– de graduación de "mamá scout". Pero esa advertencia no viene escrita en ninguna parte.
Llegamos al Camp N. en una inusualmente fría mañana de sábado. Allí nos encontramos con el resto de la tropa, que había llegado la noche anterior. Sin anestesia, apenas me bajé del carro recibí mi primera y más importante instrucción del fin de semana: estaba ahí en calidad de observadora, así que no podía hacer NADA por mi hija. Eso, mientras veía a S. cargar con maleta, saco de dormir, almohada, y bolsitas varias por un descampado en medio del bosque, me cayó como un primer balde de agua fría. Respiré hondo y en vez de salir corriendo a ayudarla, caminé hacia otra dirección y decidí afrontar estoica el aprendizaje que se me avecinaba.
Pese al frío de ese fin de semana, las actividades al aire libre no se hicieron esperar. Largos recorridos por pequeños senderos a través del bosque pantanoso, nos sirvieron para asegurarnos a las mamás que no existían mayores peligros. También nos sirvieron para practicar el laissez faire, desenchufando nuestros oídos de cualquier queja por hambre, sed, frío, calor, ganas de ir al baño, dolor de piernas o afines que hubieran podido surgir (y, adivinen qué, ¡NO SURGIERON!). 
Por otro lado, la oportunidad de colaborar con la elaboración de la comida nos demostró que, contra todo pronóstico y a pesar de lo rural de las condiciones, era bastante decente (hasta con visos de balanceada, debo decir).
Pero la prueba de fuego vino en la noche. Ya se imaginarán que, aun a pesar de los deseos y temores de nuestro grupito de "mamás mironas", las niñas durmieron en una cabaña diferente a la de las mamás. Solas. En el medio de un bosque. ¿Dije solas?
Déjenme aclarar el panorama geográfico en este punto. El campamento está construido en forma de semicírculo. Seis cabañas-dormitorio forman una media luna, y la curva se cierra por una gran cabaña social donde se guarda la comida y se come o se juega en caso de lluvia. En el centro del semicírculo está la cabaña con los baños. Y alrededor, bosque (al estilo floridano, no de pinos, sino más bien "pantanoso tropical").
Para qué se los voy a negar. Yo estaba aterrada. Un millón de ideas absurdas me cruzaban por la mente, peligros insólitos que iban desde animales salvajes, gigantes insectos prehistóricos, secuestros, enfermedades de cualquier índole y qué sé yo qué más.
Entrada la madrugada, unas vocecitas cruzando el escampado quebraron mi sueño, o mejor dicho, ese duermevela de cristal de quien hace guardia. Sin pensarlo, me paré de un salto de mi cama (catre, más bien) y me calcé los zapatos tan pronto como pude. Lista para salir al rescate, una voz tajante desde el lugar de la líder de tropa me detuvo en seco: "Vanessa: They are safe here. If they need something, they'll call. Let her go".
Regañada, volví a mi catre, temblando de frío y de miedo por igual. Las vocecitas se convirtieron en risitas ahogadas. Y siguieron otras. Y otras más. Desde mi posición de castigo, las escuchaba enrollada en mi sleeping bag, el miedo cediendo al alivio, y el alivio logrando arrullarme el sueño.
A la mañana siguiente, los cuentos no se hicieron esperar . Historias de fantasmas, juegos y canciones a la luz de la luna, y ese sentido de libertad que se respira en ambientes rurales. Cuánto había crecido en una sola noche.

Seguí practicando el let her go consciente y apropiado para la prueba final. Dos semanas más tarde vino el camping “sin mamás”. La vi irse en el carro de la líder de tropa, tan grande, tan segura, tan expectante, tan feliz, mientras yo me repetía una y mil veces “todo va a estar bien”.
Confiar y soltar, me dijo una amiga. Let her go, seguía resonando en mi mente. El domingo, regresó feliz,   con un torrente de historias a enseñarnos sus proyectos, sus pequeñas heridas de guerra, a hablarnos de sus nuevas amigas, de las pequeñas riñas internas, a cantarnos sus canciones, a darnos opiniones. Confesó habernos extrañado, pero no lo suficiente para pasarlo mal. “Would you go again?”, pregunté. “Sure, mom! I can´t wait to go back!”. Sonreí. Habiamos superado todas la pruebas de iniciación. Ya éramos scouts. Ambas.

Sunday, March 6, 2011

Mírame con ojos miopes

Hace unos meses tuve que volver a usar lentes. El astigmatismo que me habia molestado en la universidad y del que luego me había curado, volvió a mí repotenciado y acompañado de miopía. Cuando me entregaron los lentes y los puse por primera vez frente a mis ojos, fue como quien limpia el parabrisas del carro sucio que ha manejado después de años. Libre de bruma, el mundo es otro, y toca redescubrirlo.

Fue por eso que no me sentí especialmente motivada con el tema de febrero en "La Vuelta al Mundo" (en el que, dicho sea de paso, este mes cumplo todo un año de participar). Jackie nos propuso experimentar con "blur" o desenfoques, y, debo admitirlo, mi reacción inicial fue preguntarme "¿y eso como para qué???".

Traté de tomar el tema como ejercicio, no sólo fotográfico, sino personal. Aunque no tuve mucha oportunidad para participar (ya habrán visto lo perdida que estaba del blog por estos días), las fotos que tomé me sirvieron para empezar a experimentar con el ajuste de enfoque manual de mi cámara, al que, por cierto, le había tenido hasta ahora un poco de miedo. Razón suficiente para estar eternamente agradecida a esos desenfoques a cuya idea en principio había visto con tan mala cara.

También aprendí que el desenfoque deliberado no sólo es posible, sino que puede conllevar hermosos resultados. Los objetos se suavizan, la fotografía toma un aire impresionista, mucho más íntimo. Quiero tiempo para seguir experimentándolo. Mientras tanto, les dejo las dos fotos con las que participé, pero, y sobretodo, los invito a visitar el mural del grupo, y darse un gustazo con las fotos de los artistas que este mes le han dada la vuelta al mundo con ojos miopes.






Sunday, February 20, 2011

De cómo hice las paces con la comida (Un post por entregas)


IV - Final feliz
Más de tres décadas de amor y odio, marcaron una relación retorcida y en constante conflicto con la comida. Tres décadas de mensajes contradictorios, según los cuales la comida era al mismo tiempo fuente de placer, manifestación de afecto, espacio de conforte y motivo de culpa. Tres décadas pensando que el fin último de la nutrición balanceada era poder lucir un cuerpo esbelto, y envidiando a aquellos organismos "privilegiados" que podían ingerir lo que fuese sin que la balanza se modificara ni un gramo. Mensajes opuestos en lucha constante, y mi organismo, mi cuerpo y mi mente, el campo de batalla.
Así llegué a mis 35 años con el mayor sobrepeso que hubiera podido experimentar en mi vida (pesando incluso más que cuando estuve a punto de dar a luz). Mi organismo me saboteaba como podía, con enfermedades y malestares de todo tipo que yo no escuchaba o que simplemente no relacionaba con mi apariencia. Pero, además de eso, venían los colaterales: la no aceptación, la incomodidad dentro de la misma piel, el desánimo, las grietas en la autoestima.
Los meses practicando sampoorna yoga, habían empezado a asomar la posibilidad a un estilo de vida donde cabía la noción de balance. Balance. Justo eso que no existía entre la comida y yo.
Decidí que no era tarde para cambiar. Que no bastaba avistar el balance, había que encararlo. Que no era suficiente reconocer que en mi nutrición había un conflicto –heredado, aprendido o adquirido, no importaba–, había que hacer algo para solucionarlo. Que no era cuestión de culpas, sólo yo era responsable de mi cuerpo, mi salud y mi bienestar, así que sólo en mis manos estaba el cambio.
El primer paso era hacerme consciente de lo que comía. Dejar de comer por inercia, por obligación, por aburrimiento o por ansiedad y convertirlo en un acto más consciente. Nunca llegué a hacerlo, pero sé que puede resultar realmente revelador llevar un diario de comidas. Anotar todo, absolutamente TODO lo que se ingiere nos brinda un panorama realista de lo que estamos depositando en nuestro cuerpo. Muchas veces saboteamos un buen almuerzo o una cena balanceada con unas cuantas “merienditas” que parecen inofensivas. Pues no lo son. Todo cuenta.
Ese era mi primer problema. Cocinábamos en casa, evitábamos la comida rápida, comíamos una cantidad razonable de verduras, frutas y hortalizas. Pero comíamos como por un acto reflejo, muchas veces con los ojos, otras tantas para matar el tiempo  y nunca escuchando a nuestro cuerpo.
Consciente de los resultados de mis intentos previos por ponerme límites, opté por que otro lo hiciera por mí. Consulté a un nutricionista. quien me indicó una dieta y me recetó unas pastillas adelgazantes y otras diuréticas. Obvié las pastillas, pero seguí el régimen al pie de la letra por algunas semanas. La idea principal de la primera fase no era ninguna novedad: acelerar el metabolismo con pequeñas comidas cada tres horas, ingerir mucha agua, eliminar el consumo de carbohidratos y azúcares.
Eso me obligó a empezar a planificar mis comidas. No llevaba un diario a posteriori, pero era capaz de planificar en la mañana lo que ingeriría el resto del día y a qué horas. Así, rápidamente empecé a disfrutar de una sensación de control que desconocía; a hacerme alerta de qué ingería y en qué cantidad. A despertar a una alimentación más consciente.
Sin embargo, no voy a negarlo, los primeros días no fueron fáciles. Desterrar los carbohidratos procesados y el azúcar de una cocina barre con una cantidad importante de opciones a la hora de comer. Pero además, esa eliminación conlleva malestares relacionados a cualquier proceso de desintoxicación: ansiedad, dolor de cabeza y mareos. Asombra darse cuenta que no sólo las drogas, el cigarro o el alcohol producen adicción.
El proceso de detox y los malestares derivados de él, duraron sólo un par de días. En cambio, lo que muy pronto empezó a develarse fue una sensación de bienestar inusitada. Mi cuerpo parecía estarme agradeciendo los alimentos que le ofrecía. Me hallaba enérgica, alerta, de muy buen humor. Mi proceso digestivo era fácil y rápido. Con apenas unos pocos días de “limpieza” y ya me sentía otra.
Por otro lado, las indicaciones del nutricionista apuntaban a otra noción: no solamente debíamos cuidar lo que comíamos, sino también cuánto. Pronto me di cuenta que reducir las cantidades no significa pasar hambre. De hecho, acostumbrando el cuerpo a pequeñas comidas cada tres horas, y disfrutando, saboreando y masticando adecuadamente lo que se come, no le damos oportunidad al organismo de sentir hambre.
Pero lo más importante de achicar el tamaño de las porciones es darnos cuenta de que de una generación a otra, los seres humanos hemos ido acostumbrando a nuestro cuerpo a excesos innecesarios. Por tanto, lo que hacemos realmente es sincerarnos, sintonizarnos con nuestro cuerpo para entender cuánto es suficiente y cuánto, es accesorio. Reprogramarnos, para mejor.
Así, poco a poco todo iba cobrando forma y significado en mi nuevo estilo alimenticio. Sólo quedaba un cabo suelto: mientras siguiera visitando al nutricionista semanalmente, enfocada en los dígitos de la balanza, seguía “estando a dieta” y, aunque los resultados pudieran ser positivos,  la noción de “dieta” suponía límites y restricciones, y eso tampoco encajaba con el balance que deseaba. Es cierto que logré bajar unas 15 libras en cuestión de semanas, pero sabía muy bien que ese efecto maravilloso solo duraría mientras fuese fiel a las indicaciones del médico. También sabía que, aunque ciertamente no echaba en falta el pan ni la pasta, mi debilidad natural por los dulces resquebrajaría mi voluntad más pronto que tarde.
Deseaba un cambio, duradero y permanente. No quería una solución rápida, volver a la adolescencia y pasar hambre por tres días para entrar en el vestido de la fiesta de quince años. No era eso lo que quería. Quería balance, salud integral, energía, bienestar, y para ello la solución no era seguir una lista, sino instalarse en un estilo de vida distinto.
Decidí darme de alta de las visitas al nutricionista. Dejé de pensar en el peso y me enfoqué en la salud. Comprobaba en mí misma la noción de "eres lo que comes" y eso me motivó a continuar prestando atención a lo que ingería y a las señales que mi cuerpo me daba como respuesta a ciertos alimentos. Mi piel, mi cabello, mi estómago, mi cabeza... mi cuerpo entero me hablaba, complacido.
Conociendo mi debilidad por los dulces y por ciertos carbohidratos, me permití pequeñas recompensas ocasionales. Pero el proceso de selección consciente que había aprendido en solo algunas semanas me fue volviendo un tanto discriminadora. Las recompensas debían realmente valer la pena, así que aprendí a pasar de largo ante postres que antes habría escogido por el simple hecho de ser postres y esperar por lo verdaderamente especial.
Solidario y motivado por los cambios que notaba en mí y en sí mismo, el Chino empezó a involucrase con mayor entusiasmo en mi nueva cruzada alimenticia. Su creatividad culinaria y mi tendencia natural a aburrirme de los sabores repetidos, se pusieron de acuerdo para ponernos a prueba. Un universo de sabores se abrió ante nosotros. Decididos a darle siempre una vuelta de rosca más al cómo preparar platos saludables, a base de muchos vegetales y poca grasa y que resultaran apetitosos, nos dimos cuenta de que habíamos abierto el cofre de un tesoro infinito (y que de hecho había sido antes, amarrados al pan y la pasta, cuando nuestras opciones se hallaban limitadas). 
Así han transcurrido varios meses. No sólo puedo decir que nuestra alimentación es mejor que nunca en términos de calidad, sino, e igualmente, en términos de sabor. Comemos rico, comemos sano, nos sentimos mejor que nunca. Hemos incluso logrado grande avances con S., quien no sólo come mejor, sino que además está construyendo un criterio saludable de selección de alimentos. Hemos perdido una cantidad considerable de peso que nunca pasa desapercibida en los demás, pero lo realmente asombroso es el cambio que sólo nosotros notamos, el de lo bien que nos sentimos.
¿Que cómo hemos quedado la comida y yo? Comprendiéndonos, hemos hecho las paces. Nunca es tarde.

Imagen: lovefoodhatewaste.com

Monday, January 31, 2011

Bienvenido. Pase adelante...

{Tu espacio} en La Vuelta al Mundo


Convertir "un espacio" en "nuestro espacio" es cuestión de tiempo, detalles y corazón. Cuatro paredes son sólo cuatro paredes hasta revestirse de nuestra propia esencia, hasta que las maquillamos con esos trazos únicos que son nuestros gustos, afectos y necesidades.
Algunas veces no hace falta más que un pequeño detalle, una fotografía preciada de algún ser querido, una tonalidad cálida en una pared, aquel viejo osito de peluche de cuando éramos niños que hemos venido guardando como un preciado tesoro durante años. Otra veces es un conjunto de elementos, ese caos aparente para los demás que en cambio conserva un perfecto orden intrínseco para quienes vivimos en él. Ese universo de objetos -necesarios o no- que hemos acumulado por gusto, obligación o decencia y que decoran nuestra íntima cotidianidad, para determinarla, obstaculizarla, humanizarla, hacerla más fácil, o revestirla de un nuevo color.


Con el tiempo he aprendido que ese {mi} espacio es un lugar movible donde sólo mi familia, mis perros, algunos libros, mi cámara fotográfica y una buena taza de té son imprescindibles. Así, {mi} espacio es aquí y allá, es cualquier cama donde se acurruquen mis perros a cuidarnos el sueño, es un buen libro en una mesita de noche, es esa taza de té que invita a la reflexión y a la pausa.
Porque un espacio, convertido en {nuestro} espacio, más allá del maquillaje, más allá del color, es corazón vertido en un par de coordenadas, y, afortunadamente, el corazón podemos verterlo donde queramos.




Como siempre, les recomiendo darse una vueltecita por el blog de Jackie, donde encontrarán la lista de todos los participantes en esta cadena mensual de La Vuelta al Mundo. No se pierdan la oportunidad de visitar {sus espacios}, están hermosísimos!

Sunday, January 30, 2011

So long, Asheville



1. Winter lake, 2. Winter shelter, 3. Antiques, 4. To the top, 5. Winter solitude, 6. Frozen break, 7. Biltmore Estate, 8. Let the views bright your soul, 9. Let it shine, 10. Anticipation, 11. Frozen Lake, 12. Scratching the blue, 13. By the shore, 14. Bells, 15. IMG_3675, 16. IMG_3579ed

Esperábamos el viaje a North Carolina con expectación. Anticipábamos sensaciones y paisajes desconocidos y, como siempre, anhelábamos la posibilidad de pasar unos días sólo para nosotros, sin responsabilidades de ningún tipo, dedicados exclusivamente a estar juntos y a pasarla bien. Nos quedamos cortos.
La aventura empezaba desde el aeropuerto. Si bien viajar en carro de Florida a las Carolinas es lo más usual, optamos por el avión, ya que S. no recordaba haberse montado nunca en uno (era muy pequeña cuando viajamos en avión la última vez) y literalmente soñaba con hacerlo.
Lo vivió tal y como lo esperábamos: una emoción desbordada, el puesto de la ventanilla reservado y muchas maripositas en el estómago al momento de despegar y aterrizar. Le impresionó saberse tan encima de las nubes y se desencantó al darse cuenta que realmente no existen esas líneas que en el mapa separan los estados, aunque al asomarse a su ventana pudiera afirmar con la propiedad de un experto: "We must be over Georgia, now" o "This must be South Carolina, mami", o "no, actually, we are in North Carolina now".
Asheville nos recibió con un ligero manto blanco de nieve caída recientemente. Admito que no sé si en realidad el frío era tan intenso como lo sentíamos nosotros, recién llegados de Florida, que sólo unos días antes habíamos recorrido South Beach en pantaloncitos cortos y sandalias. He escuchado a gente decir que la sensación térmica es un estado mental. Pues debe ser que nuestras mentes estaban congeladas porque aún y bajo todas las capas de ropa, abrigos y accesorios, hacía frío, y mucho. Pero era parte de la experiencia y hasta eso lo disfrutamos.
Agradecí llenar mis ojos con la imagen de esas montañas, gigantes abrazados, tendidos en cadena interminable y vestidos de un blanco níveo y acolchado. Recordé lo hermoso que es enmarcar los paisajes con montañas, esa sensación de sentirte acogido por una naturaleza que te abraza. Porque aun a pesar de su clima y sus hermosas playas, una de las cosas que menos disfruto del centro y sur de Florida es su llanura. La vista se te pierde en la lejanía sin elevaciones topográficas, y las pocas colinas que se vislumbran han sido creadas por el hombre con propósitos de reciclaje (en pocas palabras, las nuestras son montañas de basura).
Nevó para nosotros una mañana, cuando subíamos a la montaña donde luego intentaríamos esquiar. Detuvimos el carro para bajarnos y experimentar esa cosquilla extraña de lo ansiado y desconocido, materializado en unos copos minúsculos y resplandecientes, que lucían tal y como aparecen en los dibujos de los niños. Hermoso.
Llegamos a la montaña dispuestos a intentar aprender algo nuevo, pero sobretodo, a disfrutar el proceso. Esquiar me resultó mucho más difícil de lo que jamás hubiera imaginado. Me sentía vulnerable y fuera de control. Me la pasé en el piso, pero me reí mucho. Algún día lo intentaré de nuevo, así sea para reírme un poco más de mí misma.
S. demostró en cambio un talento innato (y definitivamente no genético) sobre la nieve. Una vez más comprobé la maravillosa facilidad que tienen los niños para aprender cosas nuevas, frente a las dificultades que el sobreanálisis y los miedos imponen a los adultos. S. se montó en esos esquíes como si viviera en Canadá y fuera a esquiar todos los fines de semana. Le encantó.
Disfruté ver a S. con su camarita automática, tomando fotos por doquier para luego mostrarlas a su salón en una exposición voluntaria, espontánea y detallada (con detalles que nunca pensamos que recordaría) que nos dejó maravillados. Los dos días de clases perdidos se intercambiaron por toneladas de aprendizaje de vida, de ese que se adquiere saliendo de la comodidad de las cuatro paredes a explorar mundo, a comprobar que lo diferente muchas veces lo es por desconocido y por ignorado, y que ningún libro de texto supera la enseñanza de lo vivido en carne propia.
Recorrimos las calles de Asheville para encontrarnos asombrados con una ciudad increíble, donde la típica hospitalidad sureña se mezcla con un nivel cultural elevado y un orgullo local admirable. Recorrimos calles pintorescas, pululantes de negocios excéntricos y tablas de sabores atrevidos. Prometimos volver, quizás en otra estación del año, a descubrir el resto de su colorido. Hasta entonces, Asheville.

Wednesday, January 19, 2011

Señales de vida

Sólo una notica para decirles que aquí estoy.
No, no me he olvidado de este cajón ni de mis queridísimos amigos bloggeros. Sólo estoy en un período de ajuste. Me encanta mi nuevo trabajo, adoro haber vuelto a la rutina del "de lunes a viernes", pero eso significa que no tengo un día "sólo para mí" (que es cuando solía escribir y trabajar en proyectos personales), pues los fines de semana de casa llena no hay manera que logre ni el más mínimo de concentración.
Es sólo (que me disculpe la Academia, pero no me acostumbro a quitarle la tilde) cuestión de acostumbrarse y de permitir que todo se ajuste en su momento y en su lugar preciso.
Mañana salimos a un corto viaje. Con suerte S. conocerá finalmente la nieve (el Chino también!) No creo que esta noche podamos dormir de la emoción! Hemos estado contando los días desde hace como dos meses, no puedo creer que por fin ya podamos decir que MAÑANA nos vamos! Los cuentos y las fotos vienen, no sé cuándo, pero vienen, se los prometo!

Friday, January 7, 2011

Navidad en "La Vuelta al Mundo"

1. Hallacas, 2. Red Christmas, 3. Stop. Breathe. Enjoy your cozy socks, 4. Nosotros, con sombrero

Este año mi Navidad empezó inusualmente temprano y está terminando inesperadamente tarde. Llegó a finales de noviembre, con el hermosísimo-dulcísimo-inspiradísimo taller de fotografía navideña de Jackie. Y, pese a mi antigua desesperación por quitar todos los adornos de la casa el 1 de enero, este año esta es la fecha en que aún no me decido a que el ambiente navideño se vaya de casa.
Fue una Navidad especial y quizás por eso no quiero que termine. Pese a lo ciclónica que se perfilaba, terminó siendo el período más relajado que he tenido en meses, quizás años. En La Vuelta al Mundo, el reto era retratar "nuestra" Navidad. Para mí ha sido una Navidad especial, aunque no muy activa fotográficamente. Les cuento.
Pasé unos días de feliz desempleada, disfrutando a mi familia. Estuve una semana completa en la casa de mis padres, dejándome mimar y consentir como niña chiquita (mi cuerpo se rebeló en mi contra después de tanto estrés laboral y me obligó a quedarme en cama por cuatro días, pero el muy sabio lo hizo teniendo a mi mami cerca para que los cuidados fuesen los mejores). Preparé hallacas, platillo típico navideño de mi país, y disfruté muchísimo viendo a S. participar activamente de todo el proceso (eso sí, aún no hemos logrado que se coma una con gusto). Incluso, decidí experimentar a hacer hallacas vegetarianas y para mi sorpresa, me quedaron geniales! (la receta la pondré aquí para la próxima Navidad, espero acordarme...)
Además, Santa Claus llegó con mi nueva Canon Rebel y macro!!!!  Así que uno de mis propósitos para el 2011 es dar el paso gigante a Manual, qué susto!!!
La Navidad 2010 se tradujo en el diccionario de mi historia en tranquilidad y descanso. Mientras miles se caían a golpes en los centros comerciales de este país por un puesto de estacionamiento o por el último suéter del diseñador del año (la mayoría de mis compras navideñas fueron online), yo estaba coloreando o leyendo cuentos con S. o tomando tecito de roiboos y disfrutando de -todos- los perros familiares en el family room de casa de mi mami.
Desde el lunes empecé en un nuevo trabajo. Mucho más relajado, en horario de oficina. Mi tiempo para mí y para mi familia aumentará considerablemente con este cambio y eso, se imaginarán, me tiene extasiada. Estoy segura de que este año sólo podrá ser mejor, de hecho, ya lo está siendo!!!
En el Blog de Jackie, como todos los meses, encontrarán los enlaces a todos los "vueltamunderos". Se darán banquete visual y querrán que pase rápido este año para que sea de nuevo Navidad!!!!
Feliz 2011!!!!

Thursday, January 6, 2011

Mi Epifanía

La Iglesia Católica celebra el día de hoy una de sus grandes fiestas: La Epifanía (del griego ἐπιφάνεια, manifestación) de Jesús ante los Reyes Magos.
Para muchos países esta fecha marca el fin del asueto navideño. Millones de chicos (y no tan chicos) recibirán el día de hoy sus regalos, recordando a aquellos sabios sirios, convertidos por la hipérbole natural de la tradición oral en "reyes" y en "magos" que llegaron desde muy lejos, guiados por una estrella, a adorar a Jesús recién nacido.
Pero esta tradición se remonta a muchos siglos antes del nacimiento de Jesús. Antiguos pueblos paganos celebraban el solsticio de invierno 13 días después de haberse producido (hacia el 21 de diciembre), en una fiesta que celebraba la victoria del Sol, el triunfo de la luz sobre las tinieblas.
Siglos después, los gnósticos trataron de cristianizar los ritos paganos ancestrales, utlizando el acontecimiento del solsticio como la llegada o el nacimiento de Jesús, la "verdadera" luz salvadora, y la fiesta posterior como el momento de revelación de Jesús al mundo pagano en la figura de los tres Magos.

Como pasa con la mayoría de las tradiciones, nos vamos quedando con lo superficial. Con el regalo finamente envuelto al pie del Nacimiento. Con la linda figura del rey de capa y corona que se postra y ofrece lujosos obsequios.
Despojada de coronas y capas reales, de oro, incienso y mirra, de mito y de leyenda, del rito y la religión, de la manipulación y los intereses, de lo que fue o no verdad. Despojada de todo eso, sólo queda una palabra, "Epifanía". Hermosa y musical. Habla en un lenguaje ancestral de revelación y manifestación. ¿Qué se revela? ¿Qué se manifiesta?
La epifanía no se produce un sólo un día al año, y no le pertenece a un único grupo religioso. Epifanía es sintonía con nuestra propia luz interior, con esa estrella que nos guía, desde adentro hacia afuera. Es ubicarla, pulirla y dejarla que brille. Es mirar con los ojos del corazón para descubrir maravillas en los pesebre más humildes.Es abrir los sentidos para leer el mundo desde lo real y auténtico, y no desde lo aprendido e impuesto. Es entender que no hay entendibles, ni verdades, ni tradiciones férreas.
Sólo hermoso un ir y venir.

Friday, December 24, 2010

Feliz Navidad (por partida doble)

Hace muchos días que no me paso por acá. Han pasado cosas desde la última vez. He pasado del mayor estrés que hubiera vivido en los seis años en mi trabajo en ventas, a la distensión inconexa del recién desempleado. Renuncié. Así, sin más. Un día no me aguanté más los maltratos y las ironías de mi jefa, cogí el teléfono y le avisé: "trabajo hasta el domingo". Y me imagino que más de uno se retorcerá ligeramente en su silla al leerlo, en este país y en este momento, cuando la cifra de desempleados no detiene su tendencia al aumento, pero la verdad es que por mí y por mi familia, tenía que hacerlo.
Los últimos cuatro días han sido una novedad para todos nosotros. En este país no existen las vacaciones de Navidad, y mucho menos en el área de ventas. Era de hecho la época en la que más trabajo tenía, y cuando menos podía disfrutar de mi familia. Este año ha sido felizmente distinto. He estado en casa, con S., dedicadas a no hacer nada. Hemos pasado horas viendo películas, arropadas hasta la nariz, comiendo frutas y queso. Hemos ido de compras juntas, escogido y envuelto regalos. Hemos hecho manualidades, jugado con los perros, tomado alguna foto. Cuatro días maravillosos, cada uno de ellos, una ratificación de que mi decisión fue la correcta.
Así ha empezado mi Navidad. Qué traerá el 2011, eso ya lo veremos. Pero el  poder disfrutar de estos días junto a mi hija, ha sido el mejor de los regalos bajo mi árbol.
A todos y cada uno de ustedes, que se toman el tiempo de pasar, visitarme y dejar -o no- sus cálidos comentarios, un millón de gracias! Que pasen unas muy felices fiestas, y que el 2011 venga cargado de paz, amor y felicidad para ustedes y sus familias!

Thursday, December 9, 2010

De cómo hice las paces con la comida (Un post por entregas)

III - Medidas extremas


A los 17 años dejé la casa de mis padres para estudiar mi carrera universitaria en otra ciudad. Al mudarme, mi vida dio un giro de 360 grados. Vivía sola, era titular de una beca universitaria que exigía un alto rendimiento académico y, sobretodo, era parte de un mundo nuevo que necesitaba explorar. Sola.
Ya no quedaba tiempo para el gimnasio. Mis habilidades como cocinera eran prácticamente nulas, y, a la hora de ingerir alimentos, eran la rapidez y la facilidad los que dictaban la pauta. No exagero: imagínense que en verano, solía viajar a Puerto Rico a visitar a una tía muy querida. Además de artículos personales, mi maleta regresaba a Venezuela cargada de todas las cajas de Mac-and-cheese instantáneos que cupieran. Eso, cereales azucarados, Coca-Cola y café constituían el grueso de mi régimen alimenticio por aquellos primeros años de vivir sola. Un verdadero desastre.
Conocí a mi Chino siendo una flaca esquelética que siempre se sentía gorda y que pasaba semanas a punta de comida envasada como si fuera sobreviviente de un desastre natural. Con él aprendí a cocinar, pero también a disfrutar de la comida. Su epicureísmo natural, entrenado en diferentes cocinas de restaurantes familiares, casi entra en shock con mi absoluta dejadez culinaria. Se propuso rescatarme y lo logró. Pero las consecuencias no se hicieron esperar, traduciéndose en el regreso de la atorrante papada y en unos cuantos cauchitos abrazados a mi cintura.
A todas estas, la voz de mi mamá como el grillito de la conciencia resoplaba en mis oídos sin parar. Nuevamente me movía entre las aguas del disfrute y la culpa. Comer era una declaración de independencia: al hacerlo ponía de manifiesto que era una “adulto” sin la agobiante supervisión materna. Pero, por otro lado, haciéndolo se ponía de manifiesto lo que para ese entonces creía la única consecuencia de una alimentación informal y desordenada: el aumento en la balanza.
Todo este panorama no mejoró nada con la mudanza a los Estados Unidos. Todo lo contrario. Al factor genético y al gusto por la comida, agréguenle una vida aún más sedentaria, responsabilidades y presiones cada vez mayores, los pésimos hábitos alimenticios que tan fácilmente se adquieren en este país, y, como guinda, un embarazo.
Así es como, desde hace más de 15 años, me he paseado con más o menos éxito por toda y cuanta dieta ha estado de moda, ha caído en mis manos o he escuchado por ahí. He pasado semanas a punta de atún y piña, de la manera como, según los rumores caraqueños, se alimentan las pobres esclavas de la belleza de la “Quinta Miss Venezuela”. He probado la tan renombrada “dieta de la sopa”, un régimen horrible diseñado para pacientes de un hospital (hoy me pregunto, ¿cómo fue que se me ocurrió que ese régimen era para mí?) a base de un desagradable cocido de repollo que me hacía sudar un olor inaguantable. Creía que aprovechaba mi vicio de fumadora, y muchas veces jugaba a engañar el apetito (no me regañen, hace más de 9 años que no fumo). Visité nutricionistas que de un día para otro me obligaban a comer solo vegetales (y dicho sea de paso, para ese momento no eran completamente de mi agrado), sugiriendo unas dietas tan costosas como imposibles de cumplir. Pasaba días enteros a punta de café y agua, para luego desbocarme a comer lo que fuera en el primer restaurante de comida rápida que se me atravesara. Asistí a las reuniones de apoyo de “Weight Watchers”. Intenté la acupuntura, las inyecciones, las píldoras diuréticas y distintos supresores del apetito. Me pasé días (¿semanas, meses?) enteros presa de fajas reductoras que producían lesiones evidentes en mi piel y no me dejaban respirar, con tal de reducir el exceso de grasa abdominal. Volví mil veces al gimnasio, a sudar con desenfreno, subida a una bicicleta o una elíptica, todas mis culpas culinarias, como si fueran los pecados confesados a un cura.
Los resultados: éxitos fugaces, seguidos de cansancio, frustración y retroceso. Pero, y sobre todo, un organismo débil, enfermizo, estreñido; un cuerpo que no lograba ajustarse a los extremos que yo misma le imponía y que por ello empezaba a pasarme factura; un sistema inmunológico quebradizo, adicto a los multivitamínicos artificiales empastillados; una autoestima desvencijada. Allí me encontraba hasta principios de este año, cuando decidí dar un cambio radical a mis hábitos alimenticios y los de mi familia.

(Continuará…)

Imagen: Fashion Central - Pakistán

Tuesday, November 30, 2010

Mirada de gigante

Así es Jackie. El mes pasado nos tuvo arrastrándonos por el piso para emular la mirada del gusano, al ras del suelo. Este mes, en cambio, nos invitó, a quienes participamos en el grupo fotografico "La vuelta al mundo" a asumir la actitud del gigante que desde las alturas observa el mundo que se despliega a sus pies.


Confieso que eso del plano cenital se me hizo complicado al principio. Confieso también que tuve fuertes problemas técnicos (la computadora que uso "para fotos" decidió pasar a mejor vida) y que por eso sólo pude aportar dos fotos al mural del grupo en todo el mes. Pero confieso también que al final me encantó. Comencé a agarrarle el gustico al plano cenital, pero las fotos siguen en mi cámara... Afortunadamente, algunas son de tema navideño así que espero poderlas bajar más pronto que tarde al mural de diciembre (que, por cierto, me tiene emocionadísima, más aún con el maravilloso mini taller de fotografía navideña de Jackie).


Ya la Navidad llegó a mi casa. Este año me parece que, a pesar de lo superrecontramega ocupada que estoy, va a ser muy especial. S. cada vez participa y comprende más las tradiciones familiares, y eso me hace muy muy feliz! Es más, creo que hasta me voy a animar a hacer hallacas!!!! Ya les iré contando.
Feliz diciembre para todos.

PD: La tercera entrega de "De cómo hice las paces con la comida" está lista. Pronto, prontico llega (si es que no quemo otra computadora en el intento).

Thursday, November 25, 2010

Sobre el Día de Acción de Gracias y algunos de mis motivos para agradecer


(Pido disculpas por el arrebato de insertar esta entrada justo en medio de la publicación por entregas en la que he venido trabajando este mes, pero, como comprenderán, estas líneas tenían que ver la luz, y tenía que ser hoy).

En Estados Unidos hoy, como cada cuarto jueves del mes de noviembre, se celebra el Día de Acción de Gracias. Es una hermosa costumbre que hemos adoptado desde que llegamos a  este país  y que hoy en día sentimos tan nuestra como cualquiera de nuestras tradiciones familiares más arraigadas.
Los orígenes primitivos de esta celebración parecen remontarse a los festivales de cosecha paganos que se llevaban a cabo en la Antigüedad.  En muchas sociedades antiguas, vinculadas estrechamente a los ciclos de la naturaleza, estos festivales estaban asociados con la idea de agradecimiento a los dioses por las cosechas y en espera de inviernos benévolos.
En septiembre de 1620, peregrinos ingleses  de la rama más ortodoxa de la religión anglicana, zarparon en busca del “Nuevo Mundo” abordando el  “Mayflower” con la esperanza de encontrar una “nueva  Jerusalén” donde purificar su religión. Dos meses después, los viajeros avistaron la tierra añorada, después de una travesía inclemente. Pero el Nuevo Mundo recibiría a los peregrinos con un crudo invierno, que terminó con la vida de más de cuatro decenas de los colonizadores del Mayflower.
Un grupo de indígenas americanos de la tribu Wampanoag se dieron a la tarea de ayudar y asistir a los recién llegados. De ellos aprendieron técnicas de cultivo y almacenaje para los días más duros. Así, un año después de su llegada, los pioneros tenían mucho qué agradecer. 
En otoño de 1621, los peregrinos de la plantación Plymouth celebraron un gran festín para agradecer a Dios el haber sobrevivido a la travesía y a las inclemencias del invierno anterior, e invitaron a los miembros de la tribu de nativos que tan importante papel habían jugado en ese éxito. Algunos años después, esa comida en agradecimiento empezaría a repetirse en distintas ciudades, hasta convertirse en uno de los feriados nacionales más importantes de este país.


Sé que es resulta injusto, rudo y descortés frente las benevolencias de la divinidad, la naturaleza, el hado o el universo –según sea la creencia–, dedicar un solo día a agradecer los obsequios de toda una vida. En casa, procuramos dar diariamente las gracias por los milagros cotidianos que conforman nuestro día a día. Pero como hoy es un día especial, y recordando aquellos agradecimientos primigenios, quise dejar plasmados en este cajón algunas de esos motivos por los que  doy las gracias con todas las fuerzas de las que es capaz mi corazón:
1) Mi hija crece hermosa, sana, inteligente y feliz. No deja de asombrarme cada día con sus salidas, su tendencia innata a la comedia, su facilidad de adaptación, su habilidad para comprender todo lo que ocurre a su alrededor, su pasión desbocada e ilimitada por los animales, los ojos de ternura derretida con los que mira a su papá, su amor por las artes plásticas, la danza y su recién descubierto espíritu explorador de girl scout y la mezcla maravillosa de amor, respeto, seguridad y admiración con la que siento que me mira (…por favor, que no cambie nunca!)
2) Amo a mi Chino más que el primer día. Sus chistes me parecen tan graciosos como cuando estábamos en la universidad (o más), y aun después de casi 12 años de casados  y 16 juntos, me siguen revoloteando mariposas en el estómago cuando estoy cerca de él. ¿No es maravilloso?
3) Llevamos una vida feliz, nada nos falta. Trabajamos duro, pero hemos aprendido a dejar el trabajo  fuera de nuestro hogar, y cuando nos toca trabajar desde casa, sabemos disfrutarlo. Nuestro tiempo como familia es sagrado y aprovechamos cada minuto juntos para hacerlo único e irrepetible.
4) Hemos abierto las puertas a un estilo de vida más sano y consciente.  Los resultados a corto, mediano y largo plazo en nuestra salud, nuestra apariencia y nuestra actitud no dejan de maravillarme.
5) He descubierto actividades “solo para mí” que han enriquecido mi espíritu y me regalan momentos de paz y disfrute pleno. El yoga y la fotografía me han ayudado inconmensurablemente a descubrir y a descubrirme. A saberme única en el momento y en el ahora, a saberme parte de una realidad maravillosa ante la que solo es preciso abrir un poco los ojos del alma, una realidad donde el balance es posible, donde la belleza nace de los ojos de quien la mire y donde solo lo esencial es importante. No me lamento por haberlas descubierto apenas ahora, ni desearía que hubiesen llegado antes. Llegaron en el momento preciso y por ese cúmulo de circunstancias que permitieron esa llegada, mi agradecimiento es eterno.
6) Mis padres y mi hermana están cerca. No sólo en la relatividad de la distancia geográfica, sino en la certeza de la presencia afectiva. Saberlos y disfrutar de ellos en ese espacio físico y emocional, es una bendición.
7) Este cajón, en sus más de dos años ha ido cobrando vida y forma. Me ha permitido conocer a personas increíbles de quienes aprendo en cada línea aun sin saber cómo lucen sus rostros.  Ha sido mi rincón de desahogo, de reflexión, de aprendizaje, de autodescubrimiento. Él, que nació bajo el sino del (de)sastre, ha sido instrumento de orden, de compartimentización de sentimientos, de recuerdos, de prioridades y de experiencias en este viaje amorfo y sin itinerario preestablecido que es la vida.
8) Tengo amigos maravillosos, regados por todo el mundo. A muchos los veo con frecuencia, a otros he dejado de verlos hace muchos años, a algunos nunca los he visto en persona. Pero cada uno de ellos es una bendición, la llamita de una vela que ilumina y da calor al mismo tiempo.
Por todos estos motivos y por todos los que no aparecen aquí. A quien corresponda y a quien desee tomarlas, GRACIAS desde lo más profundo de mi ser.